El Valle de Sangla no solo me sorprendió, el Valle de Sangla fue un maravilloso descubrimiento en esta Aventura en los Himalayas.

Por fin hablamos conseguido escapar del calor de Nueva Delhi, también superado la montaña que separaba el continente de la montaña, en Risikech. Poco a poco el ruido del tráfico se iba suavizando, también el trasiego de vehículos llenos de mercancías, los gigantescos camiones pintados de colores con frases como “Please Blow” en su trasera. Poco a poco la montaña crecía ante nuestros ojos. Pilotábamos en un ascenso eterno, subiendo puertos cada vez más revirados que dibujaban allí abajo, los cañones más El asfalto comenzaba a dar paso a la tierra, se hacía cada vez más estrecho el camino. Otras vías estaban arañadas a la piedra, en la ladera de la montaña, formando túneles por los que nos deslizábamos divirtiéndonos, adelantándonos, disfrutando de nuestras motos.
El equipo de Motoverlander (Marcia Susaeta, Black, MrHicks46 y Polo Arnaiz) resultó homogéneo a la hora de rodar. Siempre desorganizados hasta que la cámara se encendía, entonces, como por arte de magia, todos nos compenetrábamos, cambiando las posiciones en la fila, saludándonos al rebasarnos. Pasadas delante de la cámara, con el dron encima, por el puente, entre los árboles, curva a curva. Siempre bajo las órdenes del equipo de grabación. Todo transcurría como si estuviésemos en un campamento, actuando ordenadamente bajo la batuta de ¿un director?, no, allí no había ningún director.

Durante la ruta hacia el norte, me llamó mucho la atención los diferentes puentes que cruzamos. Los más comunes construidos de acero y planchas metálicas que sonaban  cuando pasábamos con las motos, como si fuésemos un tren. Enormes puentes de fuertes vigas que contrarrestaban su robusto aspecto con otros, fabricados en materiales más débiles, como la madera. También cruzamos algún puente tibetano, balanceándose a un lado y a otro suavemente, firme aunque mucho más frágil en apariencia.

Era algo que nunca había hecho, cruzar por un puente suspendido sobre un río de aguas rápidas y mucha roca con una caída de varias decenas de metros hasta el final del cañón. Y eso impresionaba; el movimiento lateral del puente, el ruido de las motos, los finos cables a los lados que lo sostenían,  las planchas de madera sobre las que pasábamos dejando ver entre ellas el fabuloso salto al vacío. Tan solo las decenas de banderillas de colores con las oraciones budistas escritas, me daban un poco de seguridad.Cruzar estos puentes fue muy emocionante, te hacen sentir frágil y pequeño. Te hacen superar los miedos. Y te hacen comprender la fuerza de la naturaleza de estos valles, de sus rocas y picos, el viento y el agua.

El valle de Sangla es un remando de paz justo antes de Spiti. Es un valle lleno de vida, verde, con manzanos, cerezos y templos de madera policromada y tallada por manos expertas. Tienen una influencia tibetana enorme, quizás ese es su origen, además de china, con dragones que son guardianes de lo que dentro de ellos se esconde.

El valle de Sangla se encuentra en el distrito de Kinnaur (Himachal Pradesh), a unos 500 km de la capital India y ha estado cerrado al turismo durante muchos años debido a la cercanía con las fronteras Tibetanas. Se extiende sobre un área de más de 40 km. rodeado de montañas nevadas que son presididas por su pico más alto:  el Kinner Kailash. El río Baspa fluye a través del valle dando la vida a manzanos, cerezos, huertas y prados durante los tres meses de verano al año, durante los que se retira la nieve de las cumbres y se abre el cielo.

Poco a poco me fui dejando absorber por el paisaje, me moría de ganas de de charlar con la gente, de probar lo que comían. La ruta que atravesaba el Valle de Sangla fue espectacular: los recorridos entre montañas rebosantes de pinos, las  plantaciones de manzanos en las laderas más bajas, el ruido del agua turbia que bajaba enérgica por el cañón, los trabajadores a los lados de los caminos, levantando piedras y afianzando el firme para la época seca…

De pronto me di cuenta; estábamos mucho más alto de lo que pensaba, dentro del Valle de Spiti, entre grandiosas montañas. Estábamos rodeados de picos inmensos de templos centenarios. Entre personas con una manera de ver la vida diferente, más tranquila.

En el pequeño pueblo de Sangla había varios tipos de turistas locales y pocos internacionales;  los montañeros y amantes del treccking que esperaban ansiosos subir por las faldas de las gigantescas montañas, algunos de los “ocho miles”.

Uno de los días, después de rodear una de las laderas por las que subimos, nos encontramos con un grupo de motoristas. No tardamos en bajar de nuestras monturas y charlar con ellos, la camaradería entre los motoviajeros siempre es muy agradable. Eran un grupo de australianos, encantados con el yoga y la meditación. Venían a grabar un documental (como nosotros, solo que nos traicionó el  equipo de grabación  y se quedaron con todo el material) para una televisión de su país. Fue un momento muy divertido, la mujer de la foto se llama Alice, una gran coincidencia, ¿verdad?

Esta parte del valle estaba llena de albergues, hoteles y campings aquí y allá; en un lado del camino, sobre una ladera, o más abajo, justo al lado del río. La tranquilidad y el pausado ritmo de vida fue contagiándonos poco a poco, además respirábamos por fin y tras muchos días de paso por ciudades extremadamente contaminadas, el aire puro de la montaña.

Antes de pasar las puertas hacia la montaña más dura, antes de llegar casi a los 4.000 metros, el cruce nos presentó una gran oportunidad. Bajo una carpa de tela plastificada sujeta con vigas de acero, un gran mercado nos daba la bienvenida a esta nueva forma de vida, a esta nueva cultura. Era un mercado de temporada, muy cerca de la frontera con China, que servía para abastecer a decenas de pequeñas poblaciones ya por fin liberadas de la nieve por el deshielo.

Allí pudimos comprobar qué tipo de cosas se necesitan para sobrevivir los largos inviernos en estas montañas, las frutas y verduras que la primavera regalaba en los campos y la cantidad de artículos “made in china” que llegan por la proximidad con estas fronteras. Me encantó ezclarme con el barullo de gente bajo una carpa, oler las nuevas especias y fijarme en las distintas vestimentas de hombres y mujeres. Pasamos un buen rato intentando averiguar la utilidad de determinados instrumentos de cocina, divirtiéndonos con el sonido y el colorido local.

Atrás había quedado el estrés de la salida de Nueva Delhi. Por fin todo el equipo estábamos en marcha y en la buena dirección, la de llegar en pocos días hasta la entrada de Spiti Valley. Pero antes continuaríamos por unos días disfrutando de este fértil valle. Las construcciones de madera, con los tejados en piedra y de una particular forma curvada, me permitían imaginar el clima invernal. Un lugar donde la nieve lo cubre todo y la efervescente vida del valle en la época seca, se queda aletargada al comienzo del invierno.

Samosas y pakoras, un hilo culinario que une esta parte de los Himalayas con el resto de India. Un tipo de comida rápida, para llevar, universal en el subcontinente asiático, lleno de calorías y vitaminas y que se come caliente o frío. Las samosas son, básicamente, unas empanadillas rellenas de patata, guindilla y guisantes, que se fríen en abundante aceite de colza o girasol. Las pakoras  son verduras de diferentes tipos (coliflor, guisantes, judías…) rebozadas y fritas. Siempre las acompañan con alguna salsa aún más picante que lo que esconde su interior.

Durante el periplo, y con norma general en mis viajes, hay tiempo para bajar de la moto y disfrutar de las gentes del camino, los locales que curiosos, nos recibían de buena gana, intentando entablar conversaciones a base de risas y signos. La complicidad con otras mujeres es algo de lo que siempre me valdré para aprovechar el tiempo con ellas, saber más sobre su forma de vida y entender que las preocupaciones de las mujeres suelen ser las mismas en todo el mundo: la familia, los niños, el trabajo…la mayoría de ellas trabajan con la piedra en los arcenes de las carreteras reduciendo a piedrecitas los cantos, ordenando las grabas por tamaño, colocando ladrillos o cavando zanjas.

En los siguientes días recorrimos multitud de pequeños puertos, cruzamos varios puentes cada vez más altos y grandes, descubrimos gentes diferentes, con los rasgos cada vez más achinados, tibetanos. El cansancio debido al calor y la tensión del tráfico que traíamos de los días anteriores fueron desapareciendo.

Las mañanas comenzaron a ser frescas, al igual que las noches. Cada vez nos quedaba menos para pasar a recoger los permisos que nos darían la llave al Valle de Spiti, la entrada a otro mundo a más de 4.000 metros. El comienzo de la aventura dentro de la aventura. Estaba deseando conocer nuestro siguiente valle…

Si quieres saber cómo llegamos hasta Sangla Valley pincha AQUI
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Alicia Sornosa

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