Pozos de agua=derechos humanos

Había pasado más de siete días dede que abandoné Addis Abeba, la capital de Etiopía. Este viaje por Africa de más de 15.000 km tenía una claro objetivo: conseguir fondos para la creación de pozos de agua. Antes, en Madrid había estado interesándome por este tema y la idea de ayudar a hacer realidad una fuente de agua me pareció de lo más atractivo. El problema en Africa con el agua es muy grave, sobretodo sabiendo lo que significa disponer de este líquido elemento cerca de los hogares. Además de higiene, alimentación…vida, el agua permite la educación de uno de los grupos menos favorecidos: las niñas, las mujeres.

Mientras preparaba mi Ducati Scrambler para la travesía de más de 300 km entre caminos, carreteras rotas, tráfico intenso, poblaciones destartaladas y puertos peligrosos, pensaba en lo que se podía conseguir, simplemente con un pozo de agua en el lugar adecuado.

Durante el camino el sol abrasaba y el polvo lo cubría todo.

El calor del motor de mi moto se unía al del ambiente, el sudor atrapaba este polvo sobre la piel de mi cara, dejándome con unas pintas algo estrafalarias al quitarme el casco. Casi todo quedaba al azar,  la gasolina que desde cierto punto es escasa (tendría que buscar las señales del “black market” para poder rellenar el tanque), los alojamientos en los que querrían aprovechar que fuese extranjera, los cortes de carreteras por revueltas de la población o roturas de las vías…

La tónica durante  este periplo hacia el oeste cada día, cada mañana, cada tarde, en las secas veredas de los caminos, se repetía; la misma imagen de cientos de mujeres caminando kilómetros por el borde de la carretera o el camino, transportando unos bidones amarillos dirigiéndose hacia a alguno de los pozos más o menos cercanos. Niñas, jóvenes y  mayores con sus zapatos desgastados, sus pañuelos en la cabeza, sus sonrisas en la cara, sus miradas…

Ellas son el pequeño motor diario de este país, Etiopía.

Las que cuidan, sufren y superan. Ellas, que son las que menos tienen y más dan. La inmensa mayoría sin educación, no saben leer ni escribir, ni sumar ni restar, para ir a por agua y ocuparse de la familia y los animales no hace falta. No cuentan con uno de los derechos fundamentales del ser humano del que se les priva en pos de la pura supervivencia.

Con ellas pasé varios días, comunicándonos por señas y miradas cada vez que me paraba en sus puntos de reunión, los pozos. Entonces detenían su tarea de limpieza o relleno de bidones, mostrándome sus ganas de charlar con una extranjera que llega sobre una ruidosa y pesada moto. La mayoría de los pozos, aunque de agua pura, están contaminados por los animales que beben de los caños. Otras veces rotas por el juego de los chiquillos, otras casi vacías, pero siempre con vida a su alrededor.

Y llegué hasta Gublack, entre el polvo del color naranja y el calenturiento ambiente.

Entre enormes camiones que iban y venían hacia una nueva presa que daría electricidad a la mitad de los países colindantes, pero nada de agua a los habitantes más cercanos a ella. Los dos hombres de la ONG “Amigos de Silva» me esperaban en la misión de los Padres Cambonianos donde me alojaría durante unos días. Y a pocos metros, después de llevar un grupo electrógeno y un camión, comenzaba la perforación. 

El ruido era ensordecedor. El suelo retumbaba bajo su pies. El polvo lo invadía todo. Parecía una película antigua, en mil tonos de sepia. Los blancos habían desaparecido, el rojo era teja, el negro más naranja que nunca. Al fondo casi imperceptibles se oían las voces infantiles de unos niños contando en inglés…for, fait, six…

Ella era una niña de unos 10 años, aunque pareciera de doce.

Quizás tenía menos, o más. Nadie lo tenía claro. Ella tampoco lo sabía.  Su mamá había fallecido hacía unos 4 años, cuando dio a luz a su hermanito. Entonces, todo cambió y tuvo que acostumbrarse a hacer lo que hacía antes su mamá. Algunas mujeres la ayudaron y enseñaron durante un tiempo, pero acabó aprendiendo y la dejaron sola, con su hermano y un pequeño bebé.

Antes de caer la noche por completo, ella llegaba a su choza en medio de un desierto de piedra y tierra anaranjada, cerca de  Gublack, recorría más de nueve kilómetros hasta llegar. Estaba cansada, con su ropita rasgada y su pelo perfectamente tirante en dos coletas. En su mano otra más pequeña, la mano de su hermano, que desde que ella le recogía a la salida de la escuela, no la soltaba hasta llegar.

Estos últimos días ella estaba contenta.

Sonreía con sus dientecitos aún nuevos, sin rastro de la cal que tenían otros  dientes de los más mayores que con el tiempo se tornaban naranjas, como el suelo, como el polvo que salía del terreno. Eso era por el agua, de mala calidad, llena de mineral que abrasaba su esmalte.

También era por la falta de fruta y de vegetales en su alimentación. El lugar donde vivían, al oeste de Addis Abbeba era una pedregal, una pequeña aldea en medio de la nada. No sabía leer ni el nombre de su aldea, aunque sabía decirlo y podía recordad donde estaba escrito. 

Esta última semana, estaba feliz al escuchar ese ruido ensordecedor, de respirar ese polvo ocre, seco. De acercarse poco a poco a la vaya metálica que separaba el camino del edificio de la escuela. Todos lo estaban (contentos) y ella también, aunque no sabía aún muy bien porqué.

Sabía que su vida iba a cambiar. Unos metros más de profundidad, oía que decían. Unos días más de polvo y ruido, escuchaba a los adultos cuando hablaban. Nuestra vida va a cambiar, decían las más mayores.

El camión ocupaba casi todo el terreno frente a la escuela.

Ella sabía que ya no tendría que cargar más con ese bidón amarillo, lleno de marcas en su plástico duro, se lo habían contado en la iglesia. Sabía que ese ruido, esa nube que no dejaba respirar a ninguno de ellos, traería su libertad. Se lo habían contado los hombres grandes y fuertes, blancos.

Se lo había oído decir a los profesores, a las mujeres más jóvenes que la acompañaban cada día durante los 20 kilómetros que separaban la escuela de su pueblo del pozo del camino. Decían que ya no tendría que cargar con esos kilos que dejaban su frágil espalda llena de dolor. Día tras día. Mañana tras mañana, semana tras semana. 

Se lo habían dicho. Y les creía. Creía en todo lo que le habían contado en la pequeña misión esos hombres que decían hablar en nombre de Dios, oscuros como su piel, altos como sus hermanos mayores. Lo había escuchado hacía unos días, cuando llegaba con sus piececitos cansados hasta la puerta de la valla metálica a recoger a su hermano pequeño.

Él siempre la veía y sonreía, se agarraba a su mano y ya no se soltaba. Ella estaba contenta de ir tirando de él a la vez que cargaba con ese bidón, ese agua turbia que llevaba a casa cada tarde, junto con su pequeño. 

Llegaba agotada, rota, pero quería jugar con su hermano.

Su padre la miraba de vez en cuando, aunque no le hacía mucho caso. Ella se encargaba de su hermanito y sabía que tenia suerte. Su papá no le pegaba y de vez en cuando la acariciaba en su cabeza y la sonreía. No mucho, pero lo hacía. Al menos no tenía que esconderse debajo del catre o en el gallinero para huir de golpes e insultos,  como alguna de sus amigas, las que también iban al pozo lejano.

En el pozo siempre pasaba un buen rato. Allí eran todas iguales, se reunían cada mañana para laver la ropa, llenar los bidones amarillos, charlar un rato, limpiar a los bebés…Estaban solo ellas y los niños pequeños que portaban en sus espaldas, o en sus brazos cada día, por ese camino lleno de piedras y polvo. En ese recinto no había hombres, ni niños más mayores. Unos estaban con el ganado, otros en esa escuela que les excluía por pura necesidad, ellas no tenían derecho a estar allí aprendiendo, ellas tenían el deber de traer el agua a sus casas, de acarrear con esos kilos a la espalda durante toda su vida.

Cada día, cuando regresaba a su choza pasaba por la escuela a recoger a su hermanito. Si había algo que comer, lo compartía con él y después dormían todos juntos, papá, ella y él. Los pollitos también dormían dentro de su casa circular, con el tejado de brezo y el suelo de tierra prensada. Ella se desvanecía nada más tocar con la carita en la manta, al calor de su hermanito.

Y soñaba con el ruido insoportable del camión que alimentaba a otro camión, que a su vez perforaba el suelo y hacía retumbar la tierra…¡otro metro más! Gritaba uno de los hombres blancos, ella sabía que eran ellos por la forma de pronunciar el inglés, y lo que más le divertía es que a esas horas todos tenían el mismo color de piel. Eran iguales gracias al polvo que soplaba la perforadora, todo y a todos cubría el mismo color del sol a la hora de su puesta.

Al principio daban miedo, con sus dientes blancos y sus ojos del color del cielo.

Pero día a día les había observado y se daba cuenta que no la harían nada, estaban dentro de la verja de la escuela, con otros niños y con los profesores y nadie les tenía miedo. Bromeaban y jugaban a veces con ellos. Lo veía desde el otro lado. Ella no entraba ahí. Le hubiera gustado, pero no podía. Se tenía que encargar de ir a por el agua cada día, caminar tantos kilómetros era pesado y costoso, regresar con el agua encima era aún peor. 

Esa tarde preguntó qué es lo que hacían allí y uno de los hombres blancos, antes de que su color cambiase por el polvo, se lo había contado. Le había explicado que tenía derechos, aunque no sabía muy bien qué era eso o qué significaba. Le habían asegurado que ella también tenia derecho a ir a la escuela, a aprender a leer y escribir, a decidir su futuro, algo que no llegaba a comprender.

Pero lo que si sabía es que quería leer y escribir, sumar  y contar en inglés, como los otros niños, quería aprender a escribir su nombre. Y le habían recalcado que ese era su derecho, aunque no sabía qué significaba exactamente, pero lo deseaba creer.

Su corta vida había sido cada día igual:

Se levantaba con el sol, atizaba las brasas del hogar y sobre ellas el cacharro metálico con algo de agua a calentar. Molía el café en un tubo de madera, con otra madera más dura y lo echaba en ese agua. Siempre con mucho cuidado, ya que no había más y no posta permitirse el lujo de derramarla. Otro poco de agua era para lavar la cara de su hermano y para peinarse. Ella se lavaba en el pozo, cuando llegaba después de la caminata.

Bebían café, comían algo de injera de la noche anterior, y por el camino dejaba a su hermano en la escuela. Ella se quería quedar, pero tenía que seguir el camino junto a otras mujeres hasta el pozo. Después llenaba el bidón amarillo y se lo cargaban a la espalda, con una tela. O si tenía que llevar dos, cada uno a un extremo del palo. Pesaban mucho, el sol abrasaba y el polvo y las piedras del camino rompían sus zapatos viejos.

Algunas veces se cruzaban con camiones enormes que levantaban más polvo y le hacían toser. A veces le dolían las piernitas, otras dentro del cuerpo. Pero todo se le pasaba cuando llegaba a la valla metálica del colegio y su hermano le agarraba la mano que le quedaba libre.

Y sabía que eso iba a cambiar.  Y un día sucedió.

Era tarde, caía el sol.

Tenía que haber llegado ya a casa, pero nadie se iba de la escuela, otras muchachas, niñas, también estaban allí. Los profesores les dejaron entrar y los hombres que por la mañana eran blancos y ahora iguales, sonreían sin parar. El tubo gigante que hacía que el suelo retumbase, chirriaba y soltaba polvo. El ambiente era diferente…todos esperaban algo, pero ella no sabía qué.

Entonces les pidieron que se apartasen más, les echaron de allí y todos pasaron al otro lado de la valla metálica. Un estruendo seguido de mucho polvo, otro estruendo más…se asustó, pero entonces un chorro de agua marrón salió del suelo. Y todos empezaron a gritar. Todos daban palmas. Reían, se abrazaban entre ellos. Los blancos que eran iguales a ellos a esas horas vociferaban: ¡¡Agua, agua, por fin agua!! Y todos se contagiaron de alegría y les dejaron pasar y se mojaron con ese agua fría. Fue una catarsis, fue emocionante. Ella no sabía exactamente el porqué, pero estaba segura, les creía, que había llegado su momento, el de tomar sus derechos. 

Y así fue, ella dejó de caminar cada día 15 km de ida y otros tantos de vuelta. Su espalda se curó, no tenía que regresar con más de 20 kilos sobre ella. Ya no paseaba tanto y podía ir a la escuela con su hermanito, comer allí, aprender a leer y escribir, a sumar. Allí llenaba el bidón de agua, al salir de clase y solo lo tenía que acarrear unos pocos kilómetros hasta su hogar.

Y lo más bonito es que supo escribir su nombre: AMILA.

Los hombres blancos que se transformaban durante el día en iguales, los que hacían ese agujero con el camión del ruido infernal que hacía retumbar el suelo bajo sus pies,  ya no estaban, el camión había desaparecido, todos se habían ido.

Pero habían dejado algo muy valioso en el terreno de la escuela, detrás de la valla metálica: un pozo. Ahí estaba.

Su derecho a una educación estaba ahí, gracias al pozo. Su derecho más importante: a acceso al agua potable se lo daba el  pozo. Ya no se pondría malita, ya no morirían otras de sus amigas o hermanos enfermos. Ahora podían regar unas plantas, dar de beber a unas cabras que daban leche. Ella era muy feliz, sabía leer los carteles del camino, podía decir en alto los números de las matrículas de los camiones que a veces pasaban por allí llenando de más polvo el camino.

Y lo más bonito es que sabía escribir su nombre: AMILA. 

Y gracias a ese pozo, Amila, igual que otras niñas de Etiopía, pudieron tomar su derecho a una educación, a un futuro, a la higiene y a apartarse de enfermedades producidas por aguas contaminadas. El derecho a la educación va unido al derecho a disponer de agua. Nunca debemos olvidarlo.

Gracias a todos los que participaron en esta aventura, ayudando a que muchas filas como estas, tengan una educación. Conseguí reunir más de 5000 euros durante los 4 meses de viaje que fueron a parar a “Amigos de Silva”, gracias a acciones como estas, derechos humanos como el de la educación pueden ser una realidad.

Basado en mi experiencia durante el desafío #Africa2018

DERECHOS HUMANOS Artículo 26.

 1. Toda persona tiene derecho a la educación. La educación debe ser gratuita, al menos en lo concerniente a la instrucción elemental y fundamental. La instrucción elemental será obligatoria. La instrucción técnica y profesional habrá de ser generalizada; el acceso a los estudios superiores será igual para todos, en función de los méritos respectivos.

2. La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana y el fortalecimiento del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales; favorecerá la comprensión, la tolerancia y la amistad entre todas las naciones y todos los grupos étnicos o religiosos, y promoverá el desarrollo de las actividades de las Naciones Unidas para el mantenimiento de la paz.

3. Los padres tendrán derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos.

Alicia Sornosa

Subscribete a mi Newsletter

Únete a mi lista de correo para recibir las últimas noticias.

You have Successfully Subscribed!

Pin It on Pinterest

Share This