MAESE PATARRAN

La mañana estaba clara y el día soleado. Mucho para ser pleno invierno. Fresco pero sin llegar a ser molesto. Un excelente día de ruta, de los que hacen afición.

Y con la euforia, al contemplar el camino casi escondido, apenas visible, que salia a derechas por la ladera del bosque de pinos… no me pude contener.

Mas que camino, los restos de una pista estrecha, desleída y rala. Sin dibujo y evidentemente con poco uso, que no sabía donde me llevaría. No estaba marcada ni en la cartografía del GPS ni tampoco en la de papel_de los que gustan de ser explorados_pensé.

Y la cogí, sin más. Estuve rodando un buen rato a través de aquel bosque. Perdiendo el camino a veces… y volviéndolo a encontrar. La señal de telefonía se perdió, por supuesto. Y también la de GPS, conforme se iba cerrando la vaguada y los pinos arremolinaban a mi alrededor.

Hasta que llegué a unas pequeñas ruinas. No sabría deciros si atendían a una vivienda, una granja o una instalación industrial. Simplemente estaban allí, en medio de un bosque y lejos de cualquier arroyo o zona de paso, mas allá del camino intermitente que no aparecía en ningún mapa.

Apagué el motor y me bajé de la moto, sin quitarme el casco y con la mentonera abierta. Y fué entonces, pasados unos pocos segundos, me dí cuenta. El silencio.

Había un silencio total y absoluto.

No se oían pájaros.

Ni se oía viento o brisa acariciar los arboles.

Tampoco se oía el lógico «click-click» del motor al enfriarse poco a poco.

Nada se escuchaba. Absolutamente nada- Solo mi respiración y el crujir de las botas contra el manto de hojarasca y ramas bajo mis pies. Un sonido atronador e inevitable, que parecía gritar ¡Estoy aquI…!

Cuando, de repente, lo noté. Por encima de aquel silencio y de aquel estruendo de astillas rotas que anunciaba mi presencia… lo noté. La inequívoca sensación de sentirme observado.

Y acto seguido, un intenso escalofrío que se propagaba por todo mi cuerpo. Desde mi espina dorsal y hacia mis extremidades, como una corriente eléctrica. Noté como se me erizaba el vello de la nuca; también el de antebrazos y el de las piernas.

Y también noté como mi sistema sanguíneo recogía sangre de lugares no imprescindibles preparándome para correr o luchar, y la llevaba hacia los órganos vitales. Noté el latido de mi corazón en las sienes. Y como se me aceleraba el pulso.

Estaba solo, en medio de la nada, en un lugar que ni se mostraba en los mapas.

Y alguien, o algo, me estaba observando. Y yo no lo veía. O eso creía yo. Empecé a sudar. Un sudor frío. Intenso. Que hacía que protecciones y equipo resbalase contra mi piel con facilidad.

Incluso me pareció apreciar como, pese a ser un día radiante, todo se oscurecía poco a poco. Como si el entorno perdiera el color y se fuera tornando mas oscuro y gris. No sé…no sabría explicaros muy bien.

Me dirigí de nuevo hacia la moto, con aparente calma, mientras sentía «algo» clavado en mi espalda y el ruido de mis pies atronaba con el crujir de hojas y ramas, en aquel silencio ensordecedor. Di la vuelta al contacto, disimuladamente, como quien no quiere la cosa.

Arranqué y me subí a la moto de un brinco, engranando una marcha… y saliendo de allí como alma que lleva el diablo. Con «aquello» clavado en mi espalda. Derrapando como un poseso por el manto de hojarasca y ramas y maldiciéndome por no haber vestido ya cubiertas con taco.

No corté gas hasta casi caer barranco abajo en una curva. Aminoré lo justo, recobrando el sentido común y la prudencia, para evitar la tragedia. Y por fin llegué a la pista forestal que había dejado a media mañana, sin haber mirado ni una vez atrás, en la dirección que abandonaba.

Por si acaso.

Retomé el camino marcado en mapa, la cobertura, la brisa y el sonido de pájaros y ganadería. La señal de radio y la de GPS. También retomé la calma. Y seguimos disfrutando del día, que estaba espléndido.

Lo había olvidado y ahora lo recuerdo. Nítidamente. No pienso volver, eso os lo aseguro.

Por lo menos solo.

MAESTRE PATARRAN «ELMESE»

Un tipo corriente. Oriundo de Levante y afincado en Madrid. Padre de familia que, cuando sus obligaciones se lo permiten, da rienda suelta a sus dos pasiones: montar en moto… y «juntar letras» para contarlo. Enamorado confeso del sistema central y La Sierra del Guadarrama. Y de su país, un lugar maravilloso, pese a todo.

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Alicia Sornosa

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